Fauci y el peligro de guillotinar al servidor público profesional
Hay algo que me preocupa mucho más que el destino profesional del doctor Anthony Fauci.
Me preocupa el mensaje que su caso puede estar enviando a todos aquellos profesionales altamente capacitados que, en algún momento de sus vidas, podrían considerar la posibilidad de servir a su país desde el sector público.
Fauci representa, para bien o para mal, un ejemplo de ese tipo de servidor público que no llega a una posición de responsabilidad porque fue elegido en una contienda política, sino porque construyó durante décadas una carrera profesional basada en educación, investigación, experiencia y conocimiento especializado.
Y aquí aparece el problema.
Cuando una persona con esas características se convierte, por razones políticas, en un objetivo de destrucción personal y profesional, el asunto deja de ser solamente Fauci. Se convierte en un precedente.
Porque un país necesita que sus mejores médicos, ingenieros, economistas, científicos, abogados y especialistas estén dispuestos a trabajar para el Estado cuando sus conocimientos puedan contribuir al bien común.
Y eso nunca ha sido particularmente fácil.
El sector privado suele ofrecer mejores salarios, mayores oportunidades económicas y, en muchos casos, una relación mucho más directa entre el talento de una persona y la recompensa que recibe por ese talento.
¿Qué puede llevar entonces a un profesional extraordinariamente preparado a aceptar un cargo público?
Fundamentalmente, una idea bastante antigua y bastante noble: servir.
Servir al país.
Pero si el precio de hacerlo es convertirse posteriormente en un objetivo político, ser sometido al escarnio público, ver cuestionada toda una trayectoria profesional y convertirse en una pieza de combate entre grupos políticos, entonces tenemos un problema mucho mayor que el de una persona.
Tenemos un problema institucional.
Porque el mensaje que recibe el próximo médico, científico o ingeniero que considere aceptar una responsabilidad pública puede ser muy sencillo:
“No te metas ahí. Si las circunstancias políticas cambian, todo lo que hiciste puede ser utilizado en tu contra.”
Y cuando los profesionales competentes comienzan a pensar de esa manera, el Estado empieza a perder talento.
Esto no es nuevo. La politización excesiva de las instituciones públicas ha tenido históricamente ese efecto: personas capaces prefieren mantenerse al margen porque no quieren que su carrera profesional quede subordinada a las consecuencias de una lucha política.
El resultado es peligroso.
Un gobierno puede funcionar sin un buen científico durante algún tiempo. Puede funcionar sin un buen ingeniero durante algún tiempo. Puede funcionar incluso sin escuchar a los mejores especialistas durante algún tiempo.
Pero una nación no puede hacerlo indefinidamente.
Porque gobernar una sociedad moderna exige conocimientos que los políticos, por definición, no tienen necesariamente.
Un político puede decidir qué quiere hacer.
Pero necesita escuchar a quienes saben cómo funciona aquello sobre lo cual pretende decidir.
Ese principio parece elemental, pero es extraordinariamente importante.
La medicina no se decide mediante encuestas. La ingeniería no funciona mediante consignas políticas. La epidemiología no cambia porque un partido político gane una elección. La física tampoco.
La realidad tiene la desagradable costumbre de seguir siendo realidad independientemente de nuestras preferencias políticas.
Por eso me preocupa particularmente la transformación del experto en enemigo político.
Podemos discutir las decisiones tomadas por Fauci.
Podemos cuestionar sus recomendaciones.
Podemos revisar sus errores.
Podemos incluso concluir que determinadas decisiones fueron equivocadas.
Eso es absolutamente legítimo. De hecho, esa es precisamente la esencia de una sociedad democrática y de una comunidad científica saludable.
Pero una cosa es someter las decisiones de un funcionario al escrutinio público y otra muy diferente convertir la destrucción personal del individuo en el objetivo de una campaña política.
Porque cuando hacemos eso, el mensaje que enviamos a los demás profesionales es terrible.
Les estamos diciendo que el servicio público puede convertirse en una trampa profesional.
Y si los buenos se marchan, alguien ocupará su lugar.
La pregunta entonces es: ¿quién?
Porque cuando el conocimiento deja de ser un requisito para ocupar posiciones de responsabilidad, comienza a ser suficiente la lealtad.
Y cuando la lealtad política sustituye al conocimiento, el funcionario deja de decirle al poder lo que necesita escuchar y comienza a decirle al poder lo que quiere escuchar.
Ahí empieza el verdadero deterioro de una institución.
Y quizá por eso el caso Fauci debería preocuparnos mucho más allá de Anthony Fauci.
No se trata de defender a una persona de las críticas.
Se trata de defender una idea mucho más importante:
que un país necesita instituciones capaces de atraer a sus mejores profesionales, permitirles trabajar y, cuando sea necesario, protegerlos de la volatilidad política mientras cumplen con su responsabilidad.
Los funcionarios públicos deben rendir cuentas. Por supuesto.
Los científicos deben ser cuestionados. Por supuesto.
Las decisiones deben investigarse. Por supuesto.
Pero si cada cambio político viene acompañado de una cacería contra quienes ocuparon posiciones técnicas durante el gobierno anterior, llegará un momento en que los profesionales más capaces simplemente decidirán no participar.
Y entonces ocurrirá algo que deberíamos evitar a toda costa:
los mejores científicos estarán en sus laboratorios;
los mejores médicos estarán en sus hospitales;
los mejores ingenieros estarán en sus empresas;
los mejores economistas estarán en Wall Street o en sus consultoras;
y en las oficinas donde se toman las decisiones más importantes del país quedarán, cada vez más, aquellos cuya principal virtud no sea saber, sino saber obedecer.
Eso no es bueno para una nación.
Y, paradójicamente, tampoco es bueno para los políticos.
Porque tarde o temprano, la realidad termina cobrando sus facturas.
Y la realidad, a diferencia de la política, no tiene partido.
DrCisneros