El carrete de los besos

El carrete de los besos

¿Sabías que la nostalgia no siempre fue un sentimiento bonito? Porque para hablar de esto —y ustedes ya me conocen— hay que remontarse al principio.

1688. Un médico suizo, Johannes Hofer, se dio cuenta de que los mercenarios que peleaban lejos de casa se enfermaban: perdían el apetito, se ponían melancólicos, algunos hasta morían de tristeza. Y le puso nombre al mal: nostos, regreso, y algos, dolor. El dolor del regreso. La nostalgia.

Miren ustedes el cambio: en tres siglos pasó de ser una enfermedad que se trataba —había médicos de la nostalgia, no es broma— al sentimiento más dulce y más vendido del mundo. Porque la industria la descubrió, y la explota como quien explota una mina: reboots, remakes, la música de nuestra juventud en loop, series que reviven los ochenta porque saben muy bien que el que pasa de cincuenta paga por volver a sentirse joven. La nostalgia antes era un dolor que uno guardaba en su cuarto, con la puerta cerrada; hoy es un producto que se consume en streaming.

Y la parte que a mí me fascina es la biológica. Hay una ley de la memoria —la llaman la ley de Ribot, por un psicólogo francés de finales del 1800— que dice algo asombroso: la memoria se pierde en orden inverso a como se ganó. Lo de ayer se va primero; lo de la juventud queda hasta el final. Y no es un defecto, es diseño: la amígdala, el centro de la emoción, le ordena al hipocampo —esto que se siente fuerte, guárdalo para siempre. Por eso un señor de noventa no sabe qué desayunó esta mañana, pero recuerda con fidelidad absoluta el nombre de la muchacha del barrio, la canción que sonaba cuando la vio, el olor de la calle. La emoción es el ácido que graba la memoria. Lo demás, se borra.

Y ahí entra el cine, que es el gran proyector de nuestra vida. Cinema Paradiso. Yo soy de los que lloran con esa película, y no me da pena decirlo. Tornatore contó ahí la historia de todo hombre mayor de cincuenta: Salvatore recibe la noticia de que el viejo cine de su pueblo va a ser demolido, y con esa noticia regresa todo —la cabina de proyección, el olor a celuloide, Alfredo, el primer amor. Y la escena final: Alfredo, ya muerto, le deja un carrete con todos los besos que el cura censuraba cuando Salvatore era niño. Y Salvatore llora —y llora uno con él, créanme— no por los besos: llora por el niño que fue, por el hombre que le enseñó el oficio, por todas las puertas que esa juventud todavía tenía abiertas. La música de Morricone no acompaña la escena: la música es la escena.

Y es que eso es exactamente lo que hace la memoria: el cerebro es un proyeccionista que, con la edad, va vaciando la cartelera de estrenos y se queda solo con los clásicos. Ayer se me olvidó qué almorcé, pero el primer amor, las vacaciones con los padres, los amigos de la juventud —eso está en alta definición, como si lo hubiera vivido ayer.

Pienso que la nostalgia es el nostálgico. No extrañamos la película: extrañamos al joven que la vio, con todo lo que todavía podía ser. Y cuando llegan los años, esa nostalgia no es una visita triste, como cree el mundo —es el cerebro haciendo su trabajo final. Los psicólogos le llaman revisión de vida: el anciano se da sentido a sí mismo. Esto fui, esto viví, esto amé. No es melancolía; es el diario que uno lleva consigo, y en la vejez se lee con más cariño que nunca.

A mí me gusta pensar que lo que nos queda es más de lo que parece. Los recuerdos son el único patrimonio que nadie nos puede quitar, y la nostalgia es la prueba de que valió la pena. Así que cuando la visita llegue —y va a llegar— recíbanla como quien recibe a un amigo viejo: con la película lista, el carrete en la mano, y las ganas de verla una vez más.

Dr. Jose A. Cisneros, MD.Ph.D — drcisneros.com

Comparte este artículo

WhatsApp Telegram Facebook X LinkedIn Email