¿Seremos todos reemplazables?
Este fin de semana tuve la oportunidad de viajar al exterior y, en virtud de mis limitaciones físicas, ahora me veo en la necesidad de utilizar los servicios especiales que muchas líneas aéreas ofrecen a las personas mayores o con limitaciones físicas.
Últimamente me ha dado por preguntarme, cada vez que experimento una interacción con un ser humano que me presta un servicio, si esa persona es reemplazable por un robot o por la inteligencia artificial, en virtud de mi creciente interés por el impacto que la inteligencia artificial y la robótica van a tener en la vida de los seres humanos.
Me pasa con frecuencia cuando, como muchos de ustedes saben, celebro el nacimiento y el crecimiento de mi nieto León, que ya tiene un año y dos meses. Cada vez que lo veo, además de alegrarme la vida al contemplar una vida desarrollándose frente a mí, no puedo menos que pensar en la generación y el mundo que le va a tocar vivir. Y me hago varios cuestionamientos.
Uno de ellos es: ¿algún día irá a conducir un vehículo? Porque, para cuando León tenga 18 años, lo más probable es que esté prohibido que los seres humanos conduzcan vehículos. Primero, porque de los que haya circulando, casi ninguno tendrá un volante para ser conducido por una persona, sino que serán unidades robóticas de cuatro ruedas que llevarán y traerán gente a donde quiera ir.
Nunca disfrutará de conducir un vehículo. A lo mejor habrá parques especiales para que la gente vaya a manejar, dotados de una serie de recursos para evitar que los vehículos choquen, porque presumo que, si alguien no se ejercita desde temprana edad conduciendo, nunca va a desarrollar las habilidades necesarias para hacerlo.
No sé si habrá bicicletas como las conocemos hoy. Ya he visto bicicletas y motos que parecen no caerse, aun cuando no haya nadie atendiéndolas. Hay motos que se equilibran solas y que acuden a uno cuando son necesarias. Pero presumo que, en un sistema público de transporte autónomo, donde sería problemático introducir el peligro que significa tener a un ser humano manejando con capacidades dudosas, así como estarán prohibidos los coches, también podría estar prohibido conducir bicicletas y motocicletas.
Serán autoconducibles. La persona se montará en la motocicleta y esta se manejará sola y la llevará de un sitio a otro. Cuidado si también se considera inapropiada la exposición al riesgo que supone que un ser humano vaya montado sobre dos ruedas.
Así que hay una alta probabilidad de que los automóviles sean mucho más pequeños y, sobre todo, mucho más seguros.
Otra de las cosas que pienso es que, quizás no en el caso de León, pero muy pronto, en su generación, cada niño va a tener un tutor de inteligencia artificial, un profesor particular que será responsable de monitorizarlo y reportarles a los padres todas las observaciones que tenga sobre sus interacciones con sus hijos.
Esa IA va a ser el confidente de los niños. Esas cosas que los niños se cuentan unos a otros y que no les cuentan a sus padres serán confiadas a la IA individual de cada uno de ellos, que se encargará de mantener esos secretos de juventud.
Evidentemente, no tendrá que aprender mucha matemática, a menos que así lo decidan sus padres. Y, si lo deciden, lo más probable es que el tutor de Matemáticas sea la inteligencia artificial, en virtud de que va a ser el mejor matemático que un niño pueda tener para educarlo y seguir sus progresos.
Aun así, vamos a tener el problema de la motivación. Si la matemática nunca ha sido fácil de venderle a la juventud, excepto a aquellos superdotados que naturalmente tienen una habilidad especial para esa parte del conocimiento humano, imagínense en una época en la que ya no sea necesario saber matemáticas, porque, cuando uno necesite resolver un problema matemático, su tutor personal, su agente personal, será el responsable de resolverlo.
Es lo que ocurre hoy: nadie sabe usar una regla de cálculo, nadie sabe buscar en una tabla de logaritmos, nadie sabe sacar logaritmos de nada. Simplemente, si necesitas un resultado logarítmico, lo pides y te lo dan. Ni siquiera sabes cómo se obtiene ni qué significa. Tienes el dato oportuno y, en el pasado, con ese dato todavía tenías la necesidad de hacer algo. Ahora, una vez que te den el dato, puedes pedirle a tu agente que haga lo que tenías que hacer.
Vamos hacia una discapacidad mental y física del ser humano si la inteligencia artificial se desarrolla como parece estar haciéndolo, a una velocidad vertiginosa.
Cada vez que pienso que, en menos de dos años, hemos pasado de dibujos y videos de IA que se veían risibles, ante los cuales uno decía: «Esto nunca va a ser capaz de diseñar la cara de un humano sin defectos», a las imágenes que vemos hoy, cada día se nos hace más difícil distinguir cuáles son fotografías reales y cuáles son generadas por inteligencia artificial, me doy cuenta de la magnitud del cambio.
Estamos creando música, cine e imágenes. Y, en paralelo a ese desarrollo asombroso, cada día superior al del día anterior, ya hemos descubierto que estas inteligencias pueden aprender de sí mismas, entrenarse, clonarse y mejorarse, dando lugar a generaciones de inteligencia artificial criadas y educadas con inteligencia artificial.
Y, paralelamente a ese escenario excitante, pero también preocupante, está el desarrollo de la robótica. Los chinos nos han demostrado que podemos tener miles, si no millones, de Bruce Lee, con habilidades excepcionales en kung-fu, artes marciales, ballet y acrobacias de todo tipo, además de competencias olímpicas con marcas que va a ser muy difícil que los humanos superen.
Y entonces vuelvo a mi experiencia de regresar al aeropuerto de Miami este fin de semana, después de un viaje delicioso, deliciosamente humano, a Colombia.
Estuve en la ciudad de Cali, una ciudad amable, de gente muy decente y cordial, donde uno ve humanidad por todas partes, desde el taxista hasta la persona que te atiende en el hotel o la que te lleva la comida a la habitación.
Y uno se pregunta: ¿preferiría que todo esto lo hiciera una máquina?
Me pregunto si habría preferido que el delicioso viaje desde el aeropuerto hasta el hotel, acompañado de los comentarios del caleño que me recogió, lo hubiera hecho en un vehículo conducido por nadie, por una máquina. Y eso suponiendo que la máquina quisiera entretenerme con una voz muy colombiana, un cuento y un chiste muy colombianos, como parte del servicio robótico del robotaxi.
¿Habría preferido saber que estaba interactuando con una entidad artificial o habría preferido a alguien de carne y hueso que me contara su vida mientras me llevaba al hotel?
Y luego, en el regreso, me atiende un joven cubano que saca la silla de ruedas, me recibe a la puerta del avión y me atiende con simpatía. Le agradezco su cortesía y me lleva a través del proceso de inmigración y aduana.
Y me hice la misma pregunta: ¿habría preferido que, en vez de un ser humano, me llevara una silla de ruedas automática, quizás con mayor potencia que la que tenía aquel pobre muchacho que tuvo que empujarme, dado que soy un hombre pesado? Además, me habría conducido de una manera muy eficiente.
Pero ese muchacho no tendría su empleo ni su modo de vida.
¿Me habría sentido más seguro? Probablemente sí. Pero no habría sido tan divertido, porque yo no soy el único que utiliza ese servicio. A la puerta del avión había unas cinco sillas esperando a personas como yo. Y luego, a medida que avanzábamos por los pasillos, se sumaban más personas mayores en silla de ruedas.
Pero lo notable no era la tendencia creciente en los aeropuertos del mundo a que haya cada vez más personas de la tercera edad que no pueden caminar las largas distancias que hoy existen entre una puerta de embarque y la salida del aeropuerto, y que reciben asistencia de personas cuyo trabajo consiste precisamente en eso. Una nueva profesión: llevar a las personas mayores hasta el avión y del avión hasta la calle.
Lo interesante de la experiencia fueron las conversaciones entre quienes prestan ese servicio.
Las personas que llevan a los pasajeros son de toda índole. Hay incluso personas mayores en buena condición física. Muchos son jóvenes, muchas son muchachas, muchos son hombres, y todos se conocen porque pasan el día en eso: llevando y trayendo gente en sillas de ruedas.
Pero lo más fascinante de todo son los chistes y los comentarios. Mientras hacíamos la cola, esperando que nos atendieran y nos recibieran en inmigración, ellos, que se conocen todos, conversaban y se saludaban.
Había esa graciosa camaradería latina que existe entre nosotros, independientemente de la edad y del sexo. Allí no parecían existir muchas de las reglas sociales que hoy hacen que un hombre se lo piense dos veces antes de decirle algo cordial a una mujer. No. Allí, entre los latinos de Miami, se hacían comentarios, se decían piropos y se echaban chistes que, en otros ambientes actuales, quizás habría sido imprudente hacerle a un compañero de trabajo.
Ellos celebraban, de esa manera, un trabajo que me imagino debe ser desagradable: caminar durante horas y horas empujando personas en sillas de ruedas. Lo hacían más alegre, celebrando unos con otros mediante sus chistes y comentarios mientras esperaban el proceso migratorio.
Y me hice la misma pregunta: si, en vez de estar yo sentado en esta silla de ruedas, escuchando esta cacofonía de voces latinas conversando, riéndose y echándose bromas unas a otras, hubiera estado rodeado por el silencio de veinte o treinta sillas de ruedas autónomas, transportando a una generación que no ha caminado mucho en su vida y que ahora está pagando las consecuencias, ¿cuál escenario preferirías?
¿El joven cubano que te llevó y te arrancó veinte o treinta sonrisas hasta que llegaste a la puerta del aeropuerto, o una máquina que, quién sabe, te puso música o te dijo algo artificialmente generado para mantenerte contento?
Aunque no lo creo, porque la gente que desarrolla esa tecnología no parece tener mucho sentido del humor.
Lo cierto es que creo que preferiría que un ser humano me llevara, aunque muchas personas consideran que este es un trabajo mal pagado y que nadie se cría pensando en tener como profesión llevar gente de un lado a otro en una silla de ruedas.
Pienso que la mayoría de las personas que hacen eso lo hacen por necesidad más que por vocación. Pero, aun haciéndolo por necesidad, les hacen la vida más feliz a quienes transportan. Y cuidado si eso también les proporciona un propósito de vida que los hace más felices.
Esas son algunas de las reflexiones que tuve este fin de semana durante este maravilloso viaje a Cali. Como dije, no hice sino pensar en la cantidad de personas de las que uno depende y que, si seguimos como vamos, podrían ser potencialmente reemplazables.
Le comenté a mi odontólogo y le dije: «Yo creo que ustedes son los últimos de la cadena de salud que van a ser reemplazados por robots. Porque, después de todo este complejo tratamiento que me has hecho, veo muy difícil que un robot pueda realizar la cantidad de cosas que tú has hecho en mi boca en una semana».
Pensando que le estaba haciendo un elogio, se volteó y me dijo:
«No, doctor, si supiera que están inventando un material biológico del tamaño de un grano de arroz que se implanta en una encía y, unos meses después, usted tiene su diente nuevo, tal y como si hubiera sido el original, sin caries ni empastes. Cuidado si ya viene modificado genéticamente para que nunca desarrolle caries y tenga el esmalte más blanco que usted pueda imaginar o soñar.
»Y ya no habrá necesidad de hacer implantes, puentes ni tratamientos de conducto. Cuando una pieza dental se deteriore, se extrae, se siembra ese granito de arroz en la encía y usted se sienta a esperar que su diente crezca de nuevo».
Me quedé pensando en lo que me estaba diciendo, algo que parecía perfectamente factible a la luz de los vientos que soplan en la biotecnología.
Y dije: «Bueno, ¿será que también hasta los odontólogos van a ser innecesarios?».
Que tengan un buen día, queridos amigos que me leen o me escuchan.
Una observación editorial, Jose: el título ¿Seremos todos reemplazables? resume la pregunta que atraviesa todo el texto sin imponerle una conclusión al lector. Tu reflexión funciona precisamente porque no se limita a describir los avances tecnológicos: contrapone la eficiencia de las máquinas con algo mucho más difícil de medir, el valor humano de una conversación, una sonrisa o una broma compartida durante un trabajo rutinario.