¿Por qué mi generación está desapareciendo?
El otro día me puse a pensar en cómo eran las cosas allá por 1975. En esa época, desaparecer de la vida de alguien no era nada fácil. Si eras un baby boomer de veintitantos o treintaitantos años, la rutina te arrastraba de vuelta al mundo quisieras o no. Había trabajo todos los días, vecinos con los que realmente hablabas, reuniones familiares inevitables, hijos que llevar al colegio y compañeros de trabajo con los que terminabas entablando amistad por el simple hecho de compartir ocho horas diarias. Bodas, cumpleaños, la iglesia, el club, la barbacoa del domingo... y aquellas llamadas al teléfono fijo que no podías filtrar porque no tenías idea de quién estaba del otro lado hasta que descolgabas. Durante la mayor parte de sus vidas, los baby boomers no tuvieron que construir una vida social desde cero; la vida se construía a su alrededor. Y para la Generación Jones, nacida en el tramo final del baby boom, ocurría exactamente lo mismo. Pero ahora está pasando algo curioso, y vale la pena examinarlo con detenimiento.
Los baby boomers de mayor edad están alcanzando los 80 años, mientras que los más jóvenes pisan ya los 60. La Generación Jones atraviesa esa etapa en la que el trabajo empieza a perder su dominio sobre el calendario, los hijos hicieron su propia vida hace tiempo y las estructuras sociales que antes llenaban las semanas comienzan a desvanecerse. Lo interesante es que algunas personas no están buscando reemplazar esas estructuras. Están haciendo justamente lo contrario: se están volviendo más difíciles de localizar. Ya no asisten a todas las reuniones, no sostienen amistades por inercia solo porque hayan existido durante tres décadas, ni sienten la urgencia de llenar cada sábado por la noche. Desde afuera, alguien podría diagnosticar esto apresuradamente como soledad. Pero cuando uno lo mira desde adentro, la perspectiva cambia por completo.
Cuando llegas a los 65 o 70 años ocurre un cambio sutil que resulta difícil de entender a los 30: empiezas a calcular con precisión matemática cuánto vale realmente tu tiempo. A los 25 años, desperdiciar una velada en un compromiso aburrido no parece costoso, pero a los 75 el tiempo deja de ser un recurso ilimitado. Eso no convierte a nadie en antisocial; simplemente lo vuelve selectivo. Y esto resulta fascinante en una generación criada bajo el dogma de que «presentarse» era el deber primario de un adulto: cumplir compromisos, no quejarse, ser educado, estar presente en el trabajo y en la familia. Durante 50 años siempre hubo un lugar donde debían estar y alguien a quien complacer.
Pero de repente los hijos marchan, las carreras concluyen o se desaceleran, y aquellos padres que te requerían ya no están. Es entonces cuando muchas personas se plantean por primera vez una pregunta fundamental: ¿dónde quiero estar realmente? Para algunos la respuesta es la familia; para otros, un grupo reducido de viejos amigos. Y para un número sorprendente de personas, la respuesta es el hogar: una mañana tranquila, un libro, un proyecto en el taller, el jardín, o una conversación pausada con un buen amigo en lugar de veinte conocidos. Claro que aquí debemos hacer una distinción clínica e intelectual importante, pero puedo estar equivocado en mi apreciación: la soledad no deseada existe y el aislamiento involuntario es doloroso. Sin embargo, alejarse porque se atraviesan dificultades no es lo mismo que elegir deliberadamente una vida más serena.
A menudo pasamos por alto a este segundo grupo: personas que no están sufriendo, sino que simplemente terminaron de actuar. Detrás de este movimiento generacional opera un cálculo contable de la energía mental. Llega un momento en que empiezas a medir lo que cada relación, compromiso o conversación te cuesta frente a lo que realmente aportas y recibes. Y cuando la ecuación no cuadra, no hay anuncios ni dramas: la persona simplemente reduce su disponibilidad. Las respuestas tardan más en llegar, los eventos se declinan educadamente y la agenda social se aligera en silencio. Quien observa esta retirada desde afuera puede sentirlo como un rechazo personal, pero quien se aleja sabe algo diferente: no se alejó porque algo saliera mal, sino porque finalmente algo salió bien.
Existen al menos cinco razones por las cuales una mente madura y reflexiva decide volverse selectiva con su atención, que es, a fin de cuentas, su recurso más valioso. La primera razón es de un rigor contable elemental: la atención y la presencia genuina requieren un gasto metabólico y mental real. Mantener interacciones por mero compromiso social exige fabricar entusiasmo e interés donde no los hay. Durante décadas se asumió ese agotamiento porque el costo de la desaprobación social parecía mayor. Pero cuando la autoconciencia se afina, la energía que antes se dilapidaba en compromisos de bajo retorno se reasigna hacia el trabajo creativo, el pensamiento profundo o el descanso restaurador. No es aislamiento; es una reasignación estratégica de la energía.
La segunda razón resulta un poco más incómoda de admitir: la creciente intolerancia hacia la conversación trivial. No por arrogancia ni por considerarse superior a los demás, sino porque a una mente inclinada a analizar la complejidad del mundo le resulta desgastante permanecer en la superficie. Hablar del clima, de la televisión o del chisme cotidiano genera una brecha molesta entre lo que la mente procesa y lo que la interacción social exige aparentar. Gestionar esa distancia conversación tras conversación produce una fatiga difícil de explicar. Por eso, estas personas van alejándose gradualmente de los entornos superficiales para estar plenamente disponibles allí donde las ideas sí llegan a alguna parte.
La tercera razón exige comprender la diferencia entre estar solo y sentirse solo. La cultura nos ha enseñado a ver la soledad como una carencia que debe remediarse de inmediato. Sin embargo, cuando se habita la soledad elegida sin ansiedad, se descubre que no es un vacío, sino un espacio. Es la expansión mental de no tener que monitorear el propio desempeño ni gestionar las expectativas ajenas. Estar a solas deja de ser la ausencia de compañía para convertirse en la presencia de una tranquilidad a la que el ruido social no permitía acceder.
La cuarta razón es el fin de la actuación. La vida en sociedad requiere una cuota constante de teatro: sonreír a chistes que no dan gracia, asentir ante afirmaciones cuestionables y proyectar certezas que no se tienen. Cuando te detienes a examinar esa dinámica con honestidad, te preguntas cuántas de tus relaciones están basadas en un reconocimiento mutuo auténtico y cuántas en el acuerdo implícito de interpretar personajes convenientes. Alejarse es simplemente bajar el telón y conservar únicamente las conexiones reales, esas que no requieren disfraz.
Finalmente, lo que desde afuera parece un retiro antisocial es, en el fondo, la forma más precisa de conexión que una persona puede construirse. Las relaciones que sobreviven a esta etapa son más profundas, nutritivas y honestas. El silencio que se gana no es un síntoma de derrota ni una patología que deba corregirse; es el terreno tranquilo donde la mente por fin coincide con lo que realmente es. Al final, uno termina preguntándose si este distanciamiento no será, después de todo, el destino natural de quien ha aprendido a cuidar su tiempo. Pero, como siempre digo, puedo estar equivocado.
Dr. Jose A, Cisneros