Ni de aquí ni de allá: la biculturalidad como ventaja

Ni de aquí ni de allá: la biculturalidad como ventaja

Hay una frase que los inmigrantes repetimos tanto que casi la creemos: "ya no soy de allá, y no termino de ser de aquí". La decimos como una queja, como si la mitad de dos mundos fuera la mitad de nada. Permíteme decirte que, después de años de ver esto desde la medicina y desde mi propia vida, estoy convencido de lo contrario: ser de dos mundos es una ventaja biológica, social y emocional. Solo hay que aprender a habitarla.

Empiezo por el origen, como siempre. Nuestro cerebro no está hecho para una sola identidad: está hecho para adaptarse. La misma plasticidad que nos permitió sobrevivir como especie es la que le permite a un inmigrante aprender otra lengua, otro ritmo, otra forma de saludar. El que migra no pierde un mundo: gana la capacidad de moverse entre dos. Eso es flexibilidad cognitiva pura, y es un músculo que se entrena.

La ciencia le ha puesto nombre a esto: el biculturalismo. Y los estudios son claros: las personas que integran ambas culturas —sin abandonar la suya ni cerrarse a la nueva— muestran mejor salud mental, menos estrés de aculturación y más satisfacción con la vida que quienes se quedan anclados en una sola orilla. La clave no es elegir: es integrar.

Hay un fenómeno curioso que he visto mil veces en consulta y en la vida: el inmigrante que se aferra solo a lo suyo se amarga, y el que quiere borrar lo suyo se vacía. Los dos enferman a su manera. El primero se encierra en una burbuja que no se sostiene; el segundo pierde el piso, porque la identidad no se borra, se niega, y lo negado siempre cobra factura.

En cambio, el que aprende a nadar entre dos aguas tiene una ventaja que no se compra: la perspectiva. Ve el mundo con dos juegos de ojos. Entiende que hay más de una forma correcta de vivir, de criar, de celebrar, de sufrir. Esa amplitud de mirada es antidepresiva: el fanatismo —de cualquier signo— se alimenta de una sola mirada, y el bicultural tiene dos.

Te cuento de una paciente, médico también, que pasó años sintiéndose en falta: "no soy suficiente para mi familia de allá ni para mi vida de acá". Un día entendió, y me lo dijo con una claridad que no olvido: "Doctor, yo no soy la mitad de dos mundos. Soy el puente entre dos mundos". Desde ese día, dejó de pedirse permiso para existir. La identidad no se divide: se multiplica.

Mi recomendación práctica es esta: construye tu biculturalidad a propósito. Celebra tus fechas y adopta las de acá. Cocina tu comida y aprende la de tu nueva tierra. Mantén tu idioma y mejora el otro. Presenta tu cultura sin vergüenza y ábrete a la ajena sin miedo. Eso no es traicionar nada: es expandir tu capital humano y emocional.

Y a los hijos y nietos de inmigrantes, un mensaje: no hagan elegir a sus mayores entre su tierra y su nueva vida. Pregúntenles por allá, y llévenlos por acá. La herencia más valiosa no es la casa ni el dinero: es la certeza de que se puede pertenecer a dos lugares con el corazón entero.

Ni de aquí ni de allá. No: de aquí y de allá. Esa es la fórmula que la evolución, la cultura y la salud te regalan si te atreves a tomarla.

Dr. Jose A. Cisneros, MD,Ph.D @drcisneros.com

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