Los exámenes que no sirven: el costo de hacerse todo

Los exámenes que no sirven: el costo de hacerse todo

La ilusión de la detección total convierte a personas sanas en pacientes crónicos de la incertidumbre.

Un hombre de cincuenta y dos años entró en mi consultorio con una carpeta plástica de cinco centímetros de grosor. No traía dolor, no le faltaba el aire, no había perdido peso. Traía miedo. En los últimos tres meses se había hecho una tomografía de cuerpo entero en una clínica privada, dos paneles genéticos de venta libre, un registro continuo de electrocardiograma acoplado al reloj y un análisis computarizado que prometía calcular su "edad biológica". El informe final señalaba tres nódulos pulmonares milimétricos, una ligera asimetría en la perfusión miocárdica que el software calificaba de "indeterminada" y dieciocho variantes genéticas de significado incierto. El hombre estaba físicamente intacto, pero clínicamente atrapado: para salir de la duda necesitaba dos biopsias, una angiografía coronaria y una visita trimestral a tres especialistas distintos.

Te cuento esto porque la medicina contemporánea está cruzando una frontera peligrosa: hemos confundido la capacidad técnica de medir con la utilidad clínica de intervenir. La llegada masiva de algoritmos capaces de escudriñar imágenes, trazos eléctricos y biomarcadores en busca de la menor desviación estadística no está resolviendo la incertidumbre; la está industrializando.

Del electrocardiograma a la pesca de anomalías

Mira lo que acaba de ocurrir en el ámbito regulatorio estadounidense. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) otorgó una autorización De Novo al sistema Queen of Hearts, desarrollado por la empresa Powerful Medical. Se trata de un modelo entrenado para identificar en electrocardiogramas estándar señales de síndrome coronario agudo y oclusiones sutiles que suelen escapar al ojo humano en salas de urgencias. La compañía afirma haber detectado más de 120.000 casos en Europa durante 2025. En un servicio de urgencias, ante un paciente con dolor torácico opresivo y sudoración fría, un algoritmo que reconozca un infarto enmascarado salva vidas. Ese es el argumento más fuerte a favor de estas herramientas y no debemos minimizarlo: la sensibilidad diagnóstica en el punto crítico de atención rescata a enfermos que de otro modo regresarían a casa con un pronóstico letal.

El problema no radica en el algoritmo dentro de la sala de reanimación, sino en la tentación inmediata de trasladar esa misma sensibilidad al chequeo rutinario del individuo asintomático. Cuando buscas una aguja en un pajar donde hay agujas, encuentras herramientas útiles; cuando pasas un electroimán gigante sobre un campo de trigo donde no hay metal, cualquier clavo oxidado detiene la cosecha. La propia FDA tuvo que publicar una orden formal en el Federal Register para ratificar que mantendrá la revisión previa a la comercialización 510(k) sobre los programas informáticos de radiología asistida por computadora. La industria presionaba para desregular y eximir a estos sistemas de la notificación previa, buscando una vía rápida al mercado. La agencia se negó. Y se negó por una razón elemental de bioingeniería médica: un software que marca manchas en una placa sin un control estricto genera una avalancha de falsas alarmas que el sistema de salud no puede absorber sin dañar a los pacientes en el camino.

La ilusión del biomarcador infinito

El apetito comercial por convertir cualquier dato en un diagnóstico potencial no se detiene en la radiología convencional. En la revista Cell, un consorcio integrado por Insilico Medicine, Liquid AI, el Buck Institute, la Escuela de Medicina de Harvard y el Hospital Brigham and Women’s presentó una plataforma de código abierto que bautizaron como LongevityBench, complementada con modelos de lenguaje y herramientas agénticas como Longevity Claw para priorizar blancos terapéuticos contra el envejecimiento. El despliegue científico es formidable, pero el marco conceptual subyacente presupone que el cuerpo humano es un conjunto de piezas mecánicas cuyo desgaste puede cuantificarse infinitamente mediante algoritmos predictivos para vender intervenciones tempranas.

En esa misma línea de extracción masiva de datos, la empresa Altis Labs comunicó que su sistema IPRO logró predecir la supervivencia global a partir de tomografías computarizadas de rutina en el ensayo clínico fase 3 MARIPOSA sobre cáncer de pulmón no microcítico con mutación EGFR. El software extrae miles de biomarcadores tridimensionales que ningún ojo humano puede ver. En el contexto de un ensayo oncológico riguroso, evaluar si un tumor responde antes de que cambie de tamaño físico es un avance metodológico incuestionable. Pero cuando esa capacidad de "extraer miles de biomarcadores" se traslada a la medicina preventiva general, el resultado no es más salud: es el hallazgo incidental permanente. La tomografía ya no solo busca descartar una masa sospechosa; ahora encuentra microvariaciones en la densidad ósea, sutiles cambios en el parénquima hepático y anomalías vasculares que jamás habrían provocado un síntoma en toda la vida del paciente, pero que exigen seguimiento, radiación acumulada y gasto continuo.

El sesgo invisible y el dinero público

A esta proliferación de exámenes se suma una falla estructural que rara vez aparece en los anuncios de prensa: la falta de representatividad real de las herramientas. Un análisis publicado por Tech Times cuestionó recientemente cómo los desarrolladores de dispositivos médicos con inteligencia artificial están abordando la validación por sexo y demografía, tras la publicación de la guía preliminar de la FDA en enero de 2025 que exige documentar estas variables. Diseñar un algoritmo con datos predominantemente masculinos o de poblaciones específicas crea herramientas que sobrediagnostican a unos y subdiagnostican a otros.

Mientras tanto, el financiamiento fluye sin pausa. La empresa Spectral AI anunció que su sistema DeepView, diseñado para predecir la cicatrización de quemaduras mediante imágenes ópticas y algoritmos, obtuvo la clasificación De Novo y comenzará su despliegue comercial con el respaldo de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédico Avanzado (BARDA). Treinta centros iniciales de trauma recibirán equipos subsidiados dentro de un contrato federal bajo el Proyecto BioShield que alcanza los 150 millones de dólares, con 86,6 millones ya comprometidos. Nadie duda de que en una unidad de quemados de tercer nivel predecir qué tejido requiere injerto reduce cirugías innecesarias. La distorsión comienza cuando el modelo de negocio exige amortizar esa tecnología expandiendo sus indicaciones hacia heridas menores, úlceras superficiales y evaluaciones ambulatorias donde el juicio clínico tradicional es perfectamente suficiente y mil veces más barato.

La cascada diagnóstica: cuando más datos restan salud

Como médico e ingeniero biomédico, sostengo que la medicina preventiva actual está sufriendo una inversión epistemológica: ya no evaluamos al paciente para resolver un problema clínico, sino que sometemos al paciente a una batería de sensores para justificar el uso del inventario tecnológico disponible. A mi juicio, el mayor peligro de esta dinámica no es el fraude descarado, sino la trampa del falso positivo y el sobrediagnóstico.

Cada prueba diagnóstica que se ordena sin una sospecha clínica fundamentada tiene una probabilidad matemática no despreciable de arrojar un resultado anormal. Cuando encadenas diez pruebas automatizadas, la probabilidad de que al menos una salga alterada por puro azar supera el cincuenta por ciento. A partir de ese momento se desata la cascada diagnóstica: la anomalía numérica exige una ecografía confirmatoria; la ecografía muestra una sombra ambigua que exige una resonancia; la resonancia sugiere una lesión dudosa que termina en una punción biópsica. Al final del trayecto, el paciente tiene un hematoma, una infección secundaria, dos semanas de insomnio devastador y una factura impagable, todo para confirmar que el nódulo era una cicatriz benigna de hace veinte años.

La medicina basada en valor exige entender que un examen que no cambia la conducta terapéutica ni mejora la sobrevida de una persona no es un avance: es una agresión innecesaria. El costo de "hacerse todo" no se mide únicamente en dólares o en recursos del seguro médico; se mide en la pérdida de la tranquilidad de estar sano. Si la tecnología médica nos permite medirlo todo, ¿estamos preparados para aceptar que no todo lo medible merece ser curado?

Lo que la noticia no dice

La cobertura habitual celebra cada autorización de la FDA y cada subsidio federal como victorias absolutas del progreso médico contra la enfermedad. Lo que ninguna fuente explica es cómo se financiará la cascada de intervenciones secundarias que estos sistemas disparan de manera inevitable en el mundo real.

Mientras las empresas celebran contratos millonarios con agencias de defensa y salud pública, ningún estudio independiente está auditando el número de biopsias innecesarias, los tratamientos preventivos injustificados o el impacto en la salud mental que produce entregarle a un individuo asintomático un reporte con decenas de anomalías probabilísticas. La pregunta que los reguladores y los fabricantes eluden sistemáticamente es directa: ¿cuántos falsos positivos y procedimientos invasivos colaterales estamos dispuestos a tolerar en la población sana por cada diagnóstico temprano real que estos algoritmos logran pescar?

Conclusiones

  1. Los sistemas diagnósticos de alta sensibilidad son herramientas valiosas en urgencias y patologías críticas, pero se vuelven perjudiciales cuando se aplican como tamizaje general en personas asintomáticas.
  2. La decisión de la FDA de conservar el control regulatorio 510(k) para software radiológico confirma el riesgo latente de liberar algoritmos sin validación estricta de sus falsas alarmas.
  3. La extracción automatizada de miles de biomarcadores en estudios de rutina fomenta el sobrediagnóstico y alimenta una cascada de procedimientos invasivos innecesarios.
  4. La falta de validación demográfica y por sexo en muchos modelos algorítmicos genera brechas diagnósticas que el mercadeo corporativo oculta sistemáticamente tras el entusiasmo técnico.
  5. El costo real de hacerse todos los exámenes disponibles no es el precio del estudio, sino el riesgo de someter un cuerpo sano a una cadena interminable de sospechas, biopsias y tratamientos que jamás necesitó.

Dr. Jose A. Cisneros, MD.Ph.D — drcisneros.com

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