Las vacunas no son solo cosa de niños: cuáles importan después de los 60
Un paciente de 68 años, en plena consulta de rutina, me dijo la frase que más he escuchado en mi vida de médico: "Doctor, a mí nunca me da nada. No me vacune, que eso no es para mí".
Le sonreí, porque era buena gente, y le contesté: "Mire, a mí me encantaría tener su inmunidad. Pero a los 68, la inmunidad no es la que era a los 30. Y la vacuna no es para que usted no se enferme: es para que, si se enferma, no lo pase mal".
Al final se vacunó, claro. Y ese es el tema de hoy: después de los 60, las vacunas importan más, no menos. Vamos a hablar de cuáles, y por qué.
Por qué el sistema inmune también envejece
Primero, el porqué. El sistema inmune, ese ejército que nos defiende de virus y bacterias, también envejece. Los médicos tenemos una palabra elegante para eso: inmunosenescencia. Significa, sencillamente, que las defensas se van cansando con los años.
Las respuestas son más lentas, los anticuerpos se producen con menos fuerza y la memoria inmunológica — esa que recuerda a un enemigo para vencerlo rápido la próxima vez — se va debilitando. Por eso, lo que a los 30 era un resfriado de tres días, a los 70 puede ser una neumonía de tres semanas.
Y aquí viene el giro que mucha gente no ve: como el sistema inmune natural se debilita, las vacunas se vuelven más importantes, no menos. Son un entrenamiento para un ejército más viejo: no le devuelven los 30 años, pero le dan mejor equipo. De hecho, algunas vacunas para mayores de 65 son versiones más fuertes, con dosis altas o con un aditivo que despierta mejor la respuesta. La medicina moderna ya pensó en esto, y lo hizo para nosotros.
Y un detalle de confianza: las vacunas para adultos no son una ocurrencia nueva. Muchas llevan décadas usándose en millones de personas, y su seguridad se vigila de forma continua. Las reacciones graves son rarísimas, mucho menos frecuentes que las complicaciones de la enfermedad que previenen. Dicho de otra forma: el riesgo mayor está en no vacunarse, no en vacunarse.
La gripe: todos los años, sin excusas
La primera de la lista es la vacuna contra la gripe, todos los años. La gripe no es un resfriado fuerte: es un virus que en los mayores puede complicarse con neumonía y llevarte al hospital. Cada año el virus cambia de disfraz, por eso la vacuna se actualiza cada temporada: lo que te protegió el año pasado no te protege igual este año.
La vacuna no evita todos los casos, y eso hay que decirlo con honestidad. Pero lo que sí hace, y bien, es reducir los casos graves, las hospitalizaciones y las complicaciones. El momento ideal es antes de la temporada de gripe, en el otoño, y el efecto completo tarda un par de semanas. Si se te pasó la fecha, mejor tarde que nunca: la gripe no respeta calendarios.
Y un mito para desmontar aquí mismo: la vacuna no te da la gripe. A lo sumo, una molestia en el brazo o un día de cansancio, que es la señal de que el ejército se está entrenando. Eso no es la gripe, ni de lejos.
Un consejo de orden práctico: agéndala igual que agendaste la cita del ojo o del dentista. La vacuna de la gripe funciona mejor cuando se vuelve un hábito de familia: si en tu casa todos se vacunan, el virus tiene menos puertas de entrada. Es de las formas más baratas de cuidar a los tuyos.
Neumococo: contra la neumonía más común
La segunda es la del neumococo. El neumococo es una bacteria que causa la neumonía más común entre los adultos mayores. También puede provocar infecciones en la sangre y meningitis, que es la inflamación de las membranas que envuelven el cerebro. Suena feo, y lo es, pero hay una vacuna contra eso.
Se recomienda en general a partir de los 65 años, y a edades más tempranas si hay enfermedades crónicas como diabetes o problemas del corazón o del pulmón. Dependiendo de tu historial, puede ser una dosis o dos, con distintos tipos de vacuna. No te voy a dar aquí el esquema exacto, porque cambia con los años y lo decide tu médico con tu historia. Lo importante es que la conversación exista, y que no se quede en "no me hace falta".
El herpes zóster: ese dolor que no se olvida
Y ahora, mi favorita por lo que he visto en consulta: la vacuna contra el herpes zóster, el famoso "culebrón" o culebrilla.
Si de niño tuviste varicela, y casi todos los que tenemos más de 60 la tuvimos, el virus se quedó dormido en tus nervios para siempre. Décadas después, cuando el sistema inmune se debilita, puede despertarse y salir como una erupción dolorosa en forma de franja, casi siempre en un lado del cuerpo.
Lo peor no es la erupción: es el dolor que puede quedarse meses o años después de que la piel sana. Se llama neuralgia posherpética, y he visto pacientes de carácter fuerte llorar con ese dolor. No se lo deseo a nadie.
La buena noticia: hay una vacuna muy efectiva para mayores de 50, en dos dosis. Es de las que más recomiendo y de las que menos se conocen. Si tienes más de 50, pregúntale a tu médico por ella. Esa conversación puede ahorrarte el peor dolor de tu vida.
Los refuerzos olvidados: tétanos, difteria y el COVID
¿Recuerdas cuando te vacunaron de niño contra el tétanos y la difteria? Esa protección no dura para siempre: se recomienda un refuerzo cada diez años, y es la vacuna que más se le olvida a la gente. El tétanos vive en la tierra y en el óxido, y no perdona. El refuerzo es barato, seguro y te evita un problema terrible. Muchas veces viene combinado con la protección contra la tosferina, y eso tiene un bonus hermoso: protege a tus nietos recién nacidos, que todavía no pueden vacunarse y son los más vulnerables. Te vacunas por ti, y de paso por ellos.
Y el COVID, que ya todos conocemos de sobra. Hoy se comporta más como un virus estacional: sigue circulando, cambia de variante, y en los mayores sigue siendo capaz de causar enfermedad grave. Por eso los refuerzos periódicos se recomiendan sobre todo para la gente de nuestra edad. Mi consejo práctico: háblalo con tu médico, y muchas veces se puede poner junto con la vacuna de la gripe, para matar dos pájaros de un tiro en una sola visita.
"A mí nunca me da nada": desmontando el mito
Y vuelvo al paciente del principio, porque su frase merece una respuesta.
Decir "a mí nunca me da nada" es un poco como decir "yo nunca he chocado": quizá tengas suerte, pero el cinturón se pone igual. Los casos graves de gripe, neumonía o culebrón los he visto en gente que toda la vida presumió de salud. El sistema inmune a los 60 no es el de los 30, por más fuerte que te sientas. Y la agresividad del virus no la decides tú: la decide el virus.
Además, vacunarse no es solo protegerse a uno: es proteger a la esposa, al amigo con quimioterapia, al nieto recién nacido. Cuando te vacunas, no entras solo al consultorio: entras con toda la gente que te quiere y que depende de ti. La comunidad se defiende entre todos, y eso también es medicina.
Tengo 72 años, me vacuno todos los años, y cuando me toca el turno no me pongo a pensar: me remango la manga. No porque sea un santo, sino porque he visto demasiadas cosas en consulta como para jugar a la ruleta.
Cada persona es un caso, y los esquemas los decide tu médico con tu historia. Pero la conversación tiene que empezar por ti. En tu próxima cita, pregunta: ¿cuáles de estas me tocan? Anota las respuestas, ponlas en el calendario y listo: estás cuidando a tu yo de los próximos diez años.
¿Y tú? ¿Estás al día con tus vacunas? ¿Cuál te da más pereza o más miedo? Cuéntame en los comentarios, que yo las he puesto todas y te cuento cómo me fue.
Nota editorial:
El contenido de este artículo tiene carácter informativo y educativo. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.
Dr. Jose A. Cisneros.MD,PH.D @drcisneros.com