Las mascotas también son medicina: lo que la ciencia dice de perros y gatos
Confieso que pasé muchos años viendo a las mascotas como un capricho simpático, algo para los niños y los amantes de los animales. Soy médico, y en mi consulta lo serio eran los exámenes, la presión, los medicamentos. Las mascotas no aparecían en mis anotaciones. Hasta que un paciente me enseñó otra cosa.
Era un señor mayor, viudo, con una salud regular. Un día me dijo, medio en broma: "Doctor, usted me recetó pastillas, pero lo que me mantiene vivo es mi perro". Me explicó que el perro lo obligaba a levantarse a las seis, a caminar tres veces al día y a hablar con los vecinos en el parque. "Si no fuera por él", me dijo, "me quedaría en el sofá viendo televisión hasta que me dé el sueño".
No me lo tomé como una anécdota curiosa. Me lo tomé como un dato clínico, porque lo era. Ese señor se movía más, salía más y estaba más acompañado que muchos de mis pacientes que no tenían a nadie esperándolos en casa. Y con los años, y con lo que la ciencia ha ido mostrando, entendí que no era el único caso.
La compañía que no juzga
La soledad es un problema de salud mucho más serio de lo que solemos creer. Cuando una persona vive sola, especialmente después de los sesenta, los días pueden volverse largos y silenciosos. Hay estudios que relacionan la soledad sostenida con el malestar general, con el ánimo bajo y con la salud en general. No voy a citar cifras porque no quiero meterles números que no recuerdo con exactitud, pero la dirección es clara: la compañía importa.
Una mascota rompe ese silencio. Un perro que mueve la cola cuando llegas a casa, un gato que se acomoda en tu regazo mientras lees, no son lo mismo que un televisor encendido. Son presencia. Son contacto. Y el contacto físico, esa sensación de tocar un animal y sentir su calor, tiene un efecto que yo mismo he experimentado: calma.
No quiero sonar cursi. Soy un hombre de ciencia y de ingeniería, de los que prefieren los datos a las palabras bonitas. Pero la evidencia acumulada de muchos años, en distintos países, apunta en una dirección consistente: las personas que conviven con animales reportan sentirse menos solas y más tranquilas. Puedo estar equivocado en los detalles, pero la experiencia me dice que esa compañía es real y no es trivial.
Movimiento sin pensarlo
Aquí es donde las mascotas se vuelven casi un tratamiento de rehabilitación disfrazado. El perro, sobre todo, te saca de la casa. No hay que tener fuerza de voluntad para hacer ejercicio cuando un animal te mira con esos ojos pidiéndote salir. Caminas sin pensar que estás haciendo ejercicio. Y caminar, para alguien de mi edad, es de lo mejor que puede hacer por su corazón, sus piernas y su equilibrio.
Conozco personas que pasaron de ser sedentarias a caminar cuarenta minutos diarios, dos veces al día, solo porque adoptaron un perro. No fue un médico quien se los recomendó: fue el perro. La rutina también ayuda. Los animales son criaturas de hábitos: se les da de comer a la misma hora, salen a la misma hora, se acuestan a la misma hora. Y esa estructura, aunque no lo parezca, le da forma al día de una persona mayor que de otra manera tendría un día sin forma.
Los gatos son distintos, lo sé. No te sacan a caminar. Pero su rutina tiene otro efecto: te anclan. Un gato te obliga a estar presente, a prestar atención a otra vida que depende de ti, aunque sea una vida independiente y orgullosa. Y para quienes no pueden caminar tanto, un gato es una compañía más manejable.
Lo que la ciencia ha mostrado, con prudencia
He leído, a lo largo de los años, investigaciones sobre el efecto de las mascotas en la presión arterial, en el ánimo y en el estrés. No quiero exagerar lo que se sabe. La ciencia en este terreno es más modesta de lo que anuncian los titulares, y hay que decirlo con honestidad.
Lo que sí parece razonable decir, con prudencia, es lo siguiente. Acariciar a un animal puede producir una sensación de calma, y se ha observado que muchas personas se relajan al hacerlo. Tener una mascota puede asociarse con menos percepción de soledad y con más actividad física, especialmente en el caso de los perros. Y todo eso, junto, puede influir de manera positiva en el bienestar general. No como una medicina que actúa en un órgano, sino como algo que mejora el terreno donde la salud se cultiva.
Puedo estar equivocado, y quizá en diez años los estudios maticen estas conclusiones. Pero hay algo que no necesita estudios: la risa que provoca un perro haciendo una tontería, o el ronroneo de un gato en una noche de insomnio, valen su peso en oro para el ánimo de cualquier persona.
No es una receta
Aquí tengo que poner una advertencia, porque soy médico y no me gusta vender ilusiones. Una mascota no es una receta médica. No se le puede decir a una persona mayor "vaya y consiga un perro" como quien dice "tómese esta pastilla". Primero, porque no a todo el mundo le gustan los animales, y eso está bien. Segundo, porque hay consideraciones prácticas muy reales.
Una mascota cuesta dinero: alimento, veterinario, vacunas, y a veces emergencias que salen caras. Una mascota da trabajo: limpiar, alimentar, pasear, limpiar otra vez. Y una mascota puede ser un riesgo si hay problemas de equilibrio o de movilidad: un perro que tira de la correa puede provocar una caída, y una caída a los setenta años es un evento serio, no una anécdota. Las alergias también existen, tanto en la persona como en los nietos que visitan la casa.
Por eso mi consejo de médico es siempre el mismo: si está pensando en adoptar, hágalo con los ojos abiertos. Visite un refugio, pase tiempo con el animal, pregunte a gente que ya tenga uno. No hay prisa. La decisión correcta es la que se toma con información y con calma.
¿Quién cuidará de la mascota si usted no puede?
Esta es la pregunta que más me preocupa, y la que menos se hace la gente cuando adopta a una edad avanzada. Somos mayores. Nuestras capacidades cambian con los años, y llega un momento, quizá, en que la cirugía, el ingreso o la enfermedad nos impidan cuidar de nuestro compañero. ¿Quién lo alimentará? ¿Quién lo sacará a pasear? ¿Quién lo querrá?
He visto casos muy tristes de mascotas que terminan en refugios porque su dueño mayor falleció o entró en una residencia sin haber previsto nada. Y he visto casos hermosos, de hijos y nietos que se hacen cargo de la mascota del abuelo como una forma de honrar su memoria. La diferencia entre uno y otro caso no es la suerte: es la conversación previa.
Mi recomendación es hablar con la familia antes de adoptar, no después. Decir: "quiero un perro, y si yo no puedo cuidarlo, ¿usted me lo cuida?". La mayoría de las familias dice que sí, y muchas lo dicen en serio. Pero conviene escucharlo de su boca, y conviene dejarlo claro desde el principio. Esa conversación es parte del cuidado, y un gesto de amor tanto hacia la mascota como hacia los que se quedarán.
No es medicina, pero es una gran compañía de vida
Termino como empecé, con mi paciente del perro. Pasaron los años y ese señor siguió viniendo a consulta, con su salud estable y su perro esperándolo en el carro. Un día me confesó la verdad completa: "Doctor, el perro me salvó la vida, pero yo también se la salvé a él. Nos adoptamos mutuamente". Y tenía razón. Eso es lo que hacen las mascotas: no curan, no prometen, no recetan. Pero nos dan algo que ninguna pastilla puede dar. Razones para levantarnos, para movernos, para sentirnos necesitados y queridos.
No pretendo convencer a nadie. Si usted no es de mascotas, su vida puede ser plena igualmente, con amigos, familia y caminatas por su cuenta. Pero si hay un animal esperando un hogar, y usted está considerándolo, sepa que puede estar ganando algo más que una mascota: una compañía de vida.
¿Y usted? ¿Tiene un perro o un gato en casa? ¿Le ha cambiado la vida tenerlo, o está pensando en adoptar? Me encantaría leer su historia en los comentarios. Aquí las leemos todas.
Nota editorial:
El contenido de este artículo tiene carácter informativo y educativo. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.
Dr. Jose A. Cisneros.MD,PH.D @drcisneros.com