El costo biológico de migrar
Migrar es de las decisiones más valientes que puede tomar un ser humano. Pero también es de las más caras. No hablo de dinero: hablo de un costo biológico que casi nadie ve y que el cuerpo paga en cuotas, a veces durante años.
Para entenderlo, piensa en el cortisol. Esa hormona del estrés es como un sistema de alarma: útil cuando hay un incendio, tóxico cuando suena todo el día. El inmigrante vive con la alarma encendida. Idioma nuevo, documentos, dinero contado, nostalgia, incertidumbre. No es un episodio de estrés: es un estrés de larga duración, y el cuerpo no distingue entre un peligro real y una preocupación constante. Para él, todo es amenaza.
¿Y qué hace el cuerpo con una amenaza permanente? Se prepara para el peor escenario. Sube la presión, altera el sueño, inflama de más, baja las defensas. La ciencia lo ha documentado en estudios con poblaciones migrantes: más riesgo cardiovascular, más depresión, más ansiedad, envejecimiento celular acelerado. Hay un término técnico, el "estrés de aculturación", que describe justamente ese desgaste de adaptarse a una cultura nueva.
Aquí entra la parte que me parece más injusta: el inmigrante suele ser resiliente por definición. Salió adelante, cruzó fronteras, empezó de cero. Pero esa fortaleza tiene un precio, y el precio se paga en el cuerpo.
Te cuento algo personal, porque esta serie no sería honesta sin ello. Cuando llegué a este país, yo ya era médico. Eso no me salvó de las madrugadas en vela, de la sensación de empezar otra vez, de la culpa de haber dejado gente querida atrás. Nadie me dio un manual para eso. Lo fui aprendiendo, y una de las primeras lecciones fue esta: no se puede tratar el cuerpo sin atender la vida.
Hay tres gastos biológicos de migrar que vale la pena nombrar. Primero, el sueño: el que migra duerme mal, y dormir mal lo desgasta todo. Segundo, la alimentación: el estrés empuja a lo rápido, lo dulce, lo cómodo. Tercero, el movimiento: el inmigrante ocupado se olvida de que tiene cuerpo hasta que el cuerpo se queja.
¿La buena noticia? El costo biológico se puede revertir, y más rápido de lo que crees. El cuerpo es asombrosamente generoso: cuando le devuelves sueño, comida real y movimiento, responde. Y cuando le devuelves vínculos —personas, comunidad, pertenencia—, el cortisol baja solo. No hace falta pastilla para eso.
Mi recomendación es simple: si migraste, trátate como tratarías a un paciente querido. Duerme como un atleta, come como un chef, muévete como un niño. Y sobre todo, no migres en solitario: busca tu tribu nueva, porque la pertenencia es el mejor antiinflamatorio que conozco.
Migrar cuesta. Pero pagar el costo a ciegas, sin cuidarse, es pagar dos veces. Esta serie es, en el fondo, un recetario para no pagar dos veces.
Dr. Jose A. Cisneros, MD,Ph.D @drcisneros.com