El canto que se quedó en el aire: a 50 años de la Tragedia de las Azores

El canto que se quedó en el aire: a 50 años de la Tragedia de las Azores

en memoria del orfeón universitario de la UCV

Hay dolores que no envejecen. Pasan los años, se acumulan las décadas, y sin embargo basta una fecha en el calendario para que el pecho se apriete exactamente igual que la primera vez. El 3 de septiembre se cumplen 50 años de uno de los días más dolorosos de mi vida, y quiero contarlo no solo como historia, sino como recuerdo.

Isbelia

Se llamaba Isbelia Rivas Pino. Boconesa, oriunda de Boconó, estado Trujillo. Era una muchacha extraordinaria: estudiante de medicina, muy querida por todos nosotros, con una voz que la había llevado a cantar en el Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela. No hacía falta conocerla mucho tiempo para darse cuenta de que era una de esas personas que dejan huella —maravillosa, entregada, con esa mezcla de disciplina y alegría que caracteriza a quienes cantan en coro y a la vez sostienen una carrera tan exigente como la medicina.

Un viaje que casi no se hizo

El Orfeón Universitario, fundado en 1943 por el maestro Antonio Estévez, había sido invitado a Barcelona, España, para participar en el XII Festival de Canto Coral. Era un honor enorme y, para muchos de nosotros que los conocíamos, motivo de auténtico orgullo: nuestros compañeros iban a representar a Venezuela en un escenario internacional.

Pero el viaje estuvo en riesgo desde el principio. La universidad no contaba con el financiamiento necesario para llevar a toda la agrupación en vuelos comerciales, y las gestiones para conseguir un traslado directo con la aerolínea Viasa no prosperaron. A última hora, la solución vino de la Fuerza Aérea Venezolana: un avión de transporte militar Lockheed C-130H Hércules, matrícula FAV-7772, asignado al Grupo Aéreo de Transporte N.º 6, llevaría al Orfeón hasta Europa, con escalas técnicas para reabastecer combustible.

La noche de las Azores

La madrugada del 3 de septiembre de 1976, en su aproximación al Aeropuerto de Lajes, en la isla Terceira del archipiélago de las Azores, el Hércules se estrelló contra una colina a apenas 200 metros de la pista. La región estaba siendo azotada por los coletazos del huracán Emmy —y, según algunos relatos, también de la tormenta Frances—, con vientos que superaban los 120 kilómetros por hora y una visibilidad casi nula.

No hubo sobrevivientes. Murieron 68 personas: 52 integrantes del Orfeón Universitario, su director, el maestro Vinicio Adames —quien viajaba junto a su hijo menor—, 11 tripulantes militares y 5 acompañantes más.

Un párroco del pueblo cercano de Angra do Heroísmo, alertado por el estruendo en medio de la tormenta, fue quien encontró los restos del avión aquella noche. Entre ellos, según se ha contado después, estaba el cuerpo del maestro Adames, con un diapasón todavía en la mano y una partitura de "Gloria al Bravo Pueblo" entre sus papeles. Esa imagen, más que ninguna otra, resume lo que se perdió esa madrugada: no solo vidas, sino un canto entero, interrumpido a mitad de camino.

El regreso

Lo que vino después fue, si cabe, igual de duro que la noticia misma. El retorno de los cadáveres a Venezuela se convirtió en un episodio de duelo colectivo: toda la comunidad universitaria nos reunimos en la plaza del Rectorado de la UCV para una misa que todavía puedo ver con claridad, y después acompañamos el cortejo hasta el cementerio.

Yo tenía entre 18 y 20 años. A esa edad uno cree que la muerte es algo lejano, algo que le pasa a otras personas, en otro tiempo. Perder a una compañera de universidad —a una amiga— en una tragedia de esa magnitud te enseña, de golpe y sin permiso, que no es así. Y cuando la persona que se pierde es joven, querida, llena de futuro, ese dolor no se acomoda nunca del todo. Se queda ahí, disponible, listo para volver con la misma intensidad cada vez que se nombra la fecha.

Cincuenta años después

Hoy, medio siglo más tarde, Venezuela recuerda la Tragedia de las Azores como una de las páginas más tristes de su historia cultural: el silencio abrupto de un coro que representaba lo mejor de una generación universitaria. Pero yo no puedo separar esa memoria colectiva de la mía, personal e intransferible. Para el país fue la tragedia del Orfeón. Para mí, fue el día que perdí a Isbelia.

La Tumba de Isbelia en el Cementerio del Este en Caracas Venezuela

Escribo esto no solo para recordar un hecho histórico, sino para dejar constancia de algo más simple y más humano: que el dolor por un amigo joven, perdido demasiado pronto, es una de las formas de memoria más duraderas que existen. Cincuenta años no lo han disuelto. Solo lo han hecho más silencioso, más propio, más mío.

Descansen en paz Isbelia Rivas Pino, mis compañeros universitarios y el maestro Vinicio Adames y todos los que aquella madrugada de 1976 se quedaron con el canto a mitad de camino.

DrCisneros.com

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