Cuando el trabajo se va: el costo humano detrás de los números
Por Dr. Jose Antonio Cisneros
Llevo más de cuarenta años entre hospitales, laboratorios y aulas. He visto cerrar servicios enteros, automatizar laboratorios y despedir técnicos que conocían los equipos mejor que sus propios manuales. Y cada vez que aparece un titular anunciando que la inteligencia artificial va a eliminar tantos millones de empleos, pienso en esas personas concretas. No en los millones: en la persona. Porque los millones son una abstracción estadística, y la persona es real. Esto es lo que me tiene pensando: qué perdemos exactamente cuando se pierde un empleo, y por qué esa pérdida duele en lugares que el salario no explica.
Los números que sí existen, y lo que significan
El Foro Económico Mundial publicó su informe Future of Jobs 2025 con las respuestas de más de mil empleadores que representan unos catorce millones de trabajadores en cincuenta y cinco economías. Sus proyecciones para 2025-2030: alrededor de noventa y dos millones de puestos serán desplazados por la combinación de IA, robótica y transformación digital, y unos ciento setenta millones de roles nuevos emergerán en su lugar. Ganancia neta: unos setenta y ocho millones de empleos, con veintidós de cada cien empleos actuales sufriendo cambios estructurales. Además, el cuarenta y uno por ciento de los empleadores planea reducir plantilla allí donde la IA pueda automatizar tareas en los próximos cinco años. Las ocupaciones en retroceso suenan a oficinas que conocemos: cajeros, asistentes administrativos, empleados postales, secretarias ejecutivas, empleados de nómina y —novedad— los diseñadores gráficos. Las que crecen: big data, IA y aprendizaje automático, fintech, ciberseguridad, enfermería y docencia.
Ahora bien, y aquí me pongo escéptico por oficio: esto son proyecciones basadas en lo que los empleadores dicen que planean hacer, no hechos consumados. La historia de las predicciones laborales de largo plazo está llena de errores. Un análisis de McKinsey de finales de 2025 encontró que solo alrededor del catorce por ciento de las organizaciones encuestadas reportaba una caída real de plantilla atribuible a la IA; la mayoría la usa para aumentar las capacidades de su gente. Goldman Sachs estima que, a largo plazo, la automatización por IA podría desplazar entre el seis y el siete por ciento de la fuerza laboral estadounidense. Son modelos serios, pero modelos: confundir una proyección con un hecho es el primer paso hacia el pánico, y el pánico es un mal consejero.
El Fondo Monetario Internacional, en su análisis de enero de 2024, calculó que cerca del cuarenta por ciento del empleo mundial está expuesto a la IA, cifra que sube al sesenta por ciento en las economías avanzadas. De esos empleos expuestos, aproximadamente la mitad podría beneficiarse de la integración con la IA —mayor productividad, mejores salarios— y la otra mitad enfrentar menor demanda, salarios a la baja y menos contratación. Su directora gerente, Kristalina Georgieva, advirtió que en los casos más extremos algunos empleos podrían desaparecer, que los trabajadores de mayor edad tendrán más dificultad para adaptarse, y que en la mayoría de los escenarios la IA probablemente empeorará la desigualdad. No es una profecía del fin del trabajo; es una advertencia sobre la transición.
América Latina: el desempleo baja, la precariedad no
Nuestra región tiene una foto de dos caras. La OIT, en su Panorama Laboral 2025, reportó que en el primer semestre de 2025 el desempleo en América Latina y el Caribe rondó el seis por ciento —uno de los niveles más bajos en quince años—, y la CEPAL calculó que en 2025 bajó hasta el cinco coma tres por ciento, con unos cuatro coma tres millones de puestos creados. Todo eso suena bien. Pero detrás de los promedios, casi la mitad de las personas ocupadas —un cuarenta y seis coma siete por ciento— trabaja en la informalidad: sin contrato, sin seguro, sin jubilación. El desempleo juvenil es casi tres veces el de los adultos, y casi uno de cada cinco jóvenes —el diecinueve coma tres por ciento— ni estudia ni trabaja; en Colombia llegan al veintisiete por ciento. Y 2025 fue, además, el tercer año consecutivo de desaceleración en la creación de empleo.
La conclusión es incómoda: en América Latina la ola de la IA llega sobre una estructura laboral que ya era frágil. Para millones, la pregunta no es si un algoritmo les quitará el empleo, sino que su empleo nunca tuvo protecciones. Y quien pierde un trabajo informal no solo pierde ingresos: pierde el lugar donde transcurría su día, su gente, su sentido de estar ocupada en algo. Eso es igual en Miami y en Cali.
Lo que el empleo da además del salario
Aquí el tema se pone realmente interesante, porque hay una ciencia que casi nadie cita cuando habla de desempleo. En la década de 1930, la psicóloga social Marie Jahoda estudió Marienthal, un pueblo austríaco devastado por el cierre de una fábrica textil, y de ahí nació su modelo de la privación latente. Jahoda propuso que el empleo cumple una función manifiesta —el ingreso— y cinco funciones latentes, subproductos no planeados del trabajo: estructura el tiempo del día, nos pone en contacto con gente fuera de la familia, nos conecta con propósitos que nos trascienden, nos da estatus e identidad, y nos impone una actividad regular. Cuando se pierde el empleo, escribió Jahoda, la gente no disfruta de su "tiempo libre": se desanima, pierde el respeto propio, pierde la noción del tiempo.
Los estudios de cuatro décadas confirman lo esencial: a menor acceso a esas funciones latentes, peor bienestar. El punto fundamental para nuestra audiencia es este: el trabajo es una de las principales fuentes de identidad y propósito de la vida adulta. La gente no dice "soy contador" como quien dice "uso anteojos": dice quien es. Miles de personas verán frustradas sus vocaciones —diseñadores, traductores, redactores, analistas, maestros— y lo que se frustra no es solo un ingreso, es una manera de responder a la pregunta "¿quién soy yo?". Eso no tiene cifra, pero el duelo vocacional es real. O al menos eso me parece a mí; pero puedo estar equivocado en cómo lo expreso.
Lo que la ciencia sabe del daño
El metaanálisis de Paul y Moser, publicado en 2009 en el Journal of Vocational Behavior, reunió trescientos veinticuatro estudios publicados entre 1963 y 2004: el treinta y cuatro por ciento de los desempleados presentaba problemas psicológicos, frente al dieciséis por ciento de los empleados. Más del doble. El efecto era mayor en hombres, en trabajadores manuales y en el desempleo prolongado, y los estudios longitudinales mostraron causalidad en ambas direcciones: perder el empleo deteriora la salud mental, y volver a emplearse la mejora.
El desempleo prolongado además se asocia con mayor riesgo de suicidio, sobre todo en los primeros cinco años tras la pérdida del empleo, según un metaanálisis de dieciséis estudios de Milner y colaboradores en 2013. Y hay un dato especialmente revelador para esta era: un metaanálisis prospectivo de veinte cohortes encontró que la inseguridad laboral —el miedo a perder el empleo— se asocia con síntomas depresivos de forma comparable al desempleo mismo. No hace falta que te despidan: vivir con la amenaza constante también enferma. El daño psicosocial de la incertidumbre ya está ocurriendo, antes de que ocurra el despido.
Factores subyacentes
¿Por qué este momento es distinto? Primero, por la velocidad: las revoluciones tecnológicas anteriores dieron décadas para adaptarse; la IA generativa comprimió la curva a unos pocos años. El Foro Económico Mundial estima que el treinta y nueve por ciento de las habilidades centrales quedará obsoleto para 2030, y que cincuenta y nueve de cada cien trabajadores necesitarán formación antes de esa fecha: veintinueve en su rol actual, diecinueve reconvertidos a otros roles, y once probablemente no recibirán la capacitación que necesitan. Esos once de cada cien son la cifra que más me preocupa: personas, no puntos porcentuales, que ni el sistema educativo ni las empresas alcanzarán.
Segundo, la edad: como advirtió el FMI, los trabajadores mayores enfrentan más barreras para adaptarse. Pero la experiencia acumulada, el juicio profesional y el conocimiento tácito de un oficio son activos que ningún modelo de lenguaje posee; la reconversión a los cincuenta o sesenta es más lenta, pero parte de un capital que un recién egresado no tiene.
Tercero, y esto es específico de América Latina: la informalidad. Una transición laboral justa diseñada solo para empleados formales deja fuera a la mitad de la fuerza laboral de la región.
¿Y entonces qué se hace?
Empiezo por lo personal, porque las estadísticas no se pueden abrazar. Lo primero es distinguir entre mi oficio y mi función. La IA sustituye tareas, no propósitos. Un traductor cuya tarea es traducir documentos puede ver su tarea automatizada; su función —hacer comprensible una cultura para otra— sigue siendo necesaria y puede tomar otras formas. Esa distinción no paga la renta, lo sé, pero ordena el duelo y abre opciones.
Lo segundo es tratar el aprendizaje continuo como una práctica de salud. Media hora diaria de actualización profesional es al cerebro lo que caminar es al corazón. Lo tercero, y aquí vuelvo a Jahoda: durante una transición, hay que recuperar por otros caminos las cinco funciones latentes. Estructura del día: horarios propios, aunque no haya oficina. Contacto social: no encerrarse; el aislamiento es el multiplicador del daño. Propósito colectivo: voluntariado, mentoría, enseñanza, comunidad. Identidad: nombrarse por lo que se sabe hacer, no solo por el cargo que se tenía.
Y lo cuarto, dicho con la seriedad de quien ha visto esto en consulta: si el desempleo se prolonga y aparecen la apatía persistente, el insomnio o los pensamientos oscuros, eso ya no es "estar triste por perder el trabajo". Es un cuadro que merece atención profesional, igual que una fractura merece un traumatólogo. Buscar ayuda no es debilidad; es diagnóstico.
En el plano colectivo, el debate está abierto: el ochenta y cinco por ciento de los empleadores dice que priorizará la capacitación, pero el cuarenta y uno por ciento también anticipa reducciones donde la IA pueda replicar el trabajo. La renta básica universal se ensaya en Finlandia, en Kenia y en varias ciudades de Estados Unidos, con resultados mixtos. Es un debate legítimo, no una conspiración ni una panacea. Yo no tengo la respuesta, y desconfíen de quien la tenga.
Una reflexión para quedarse pensando
Si las proyecciones se cumplen a medias —noventa y dos millones de puestos desplazados, ciento setenta millones creados—, la pregunta no es si habrá trabajo en 2030. La pregunta es quiénes serán los once de cada cien que nadie capacita, y qué hacemos con las vocaciones que se frustran en el camino. El trabajo, resulta, nunca fue solo un salario: fue la estructura de nuestros días, nuestra gente, nuestro nombre. Reconstruir eso cuando se pierde no es un asunto de economía. Es un asunto de salud, de identidad y, en el fondo, de dignidad humana. Me pregunto si las políticas que se discuten en los grandes foros incluyen esa dimensión. La pregunta queda abierta.
Dr. Jose A. Cisneros, MD.Ph.D — drcisneros.com